Bebecismo - Parte 1

Nada hacía suponer a Santiago que aquel sería el día del Parto. Pero sentada en el mismo taburete de todos los días y después de apurar su café como cada mañana, Paula acababa de decirle que había roto aguas. Las palabras habían pasado por sus oídos, habían llegado a su cerebro, y sin embargo él se había quedado como haciendo la fotosíntesis, vacío de toda capacidad de reacción. 

- Menos mal que le ha tocado a ella hacer esto, - pensó ya con el bebé en brazos - pues no hubiera sido yo capaz de soportar una cosa tan desagradable. 

El parto había transcurrido sin dolores de cabeza, como de cuento. Paula había llegado al hospital pensando que la iban a mandar esperar para dilatar un poco, pero resultó que la criatura ya estaba a medio camino y Roque, que así decidieron ponerle en honor al pueblo en que fue concebido, no tardó más de cinco horas en nacer. No hizo falta Oxitocina, puntos en ninguna parte, ni siquiera Epidural. Un poco más y la brava madre prescinde también de médicos y comadronas.

 Nadie te explica de qué va la cosa realmente antes de ser madre. La gente se dedica a repetir las mismas frases cliché: - Uy, increíble!! Te cambia la vida totalmente- o: - Es realmente maravilloso, no se puede describir con palabras- o la que más rabia da de todas: - La verdad es que es muy duro, pero compensa tanto…!! - 

Lo cierto, y esta es una verdad que no encontrarás en ningún lado, es que cuando un bebé nace y pasas la primera noche con él, sus ruiditos cortados, respiraciones rápidas, profundas, grititos hondos y por supuesto, sus espasmódicos movimientos de brazos y piernas llevan a pensar a cualquier progenitor responsable, que su bebé morirá de una mala respiración cada veinte segundos, aproximadamente. La primera noche es sólo el primero de muchos infiernos por venir. Desde esa primera noche, ya nunca jamás volverás a dormir como lo hacías antes. Has mirado de frente al abismo y el abismo ha decidido venir a verte para quedarse, en forma de humanito un poco amorfo y gritón. 

Paula, pasó la noche en vela, mirando a su bebé recién nacido. Santiago se fue al hotel de al lado del hospital, rehuyendo de todo aquello. 

Habían llegado a Cuba por la empresa de Santi. Ingeniero de profesión, que se movía allá donde su jefe le mandara, ya fuese a levantar una nueva subestación, a supervisar la ejecución de una plataforma petrolífera, o a plantar molinos de viento perdidos por la montaña. Esta vez, había sido la instalación del que pretendía ser el primer reactor nuclear de la isla. El gobierno cubano había decidido generar y gestionar su propia energía nuclear, pero no era capaz de llevar a cabo el reactor sin ayuda, y decidió contratar a una empresa extranjera. Él sabía que su trabajo era una absoluta basura, que allá donde llegaban, destruían la naturaleza, contaminaban, llenaban de aire sucio los pulmones de las poblaciones vecinas, pero no le importaba mucho. Lo único que le importaba a Santi era el dinero y cuando vives expatriado por trabajo, el dinero no es nunca un problema. 

Por su parte, Paula, sabía con quién se acostaba cada noche. Nada tenía que ver ya con aquel chaval que conoció en la universidad lleno de vida e ilusión que quería ser escritor pero que había rodado sin saber como a estudiar ingeniería. Santi, había crecido para convertirse en una persona huraña, malhumorada, que asustaba a su pareja día y noche con sus comportamientos. Se había vuelto celoso, egoísta y controlador. Y por todos estos motivos, no tenía ella las agallas suficientes para librarse de él, tenía miedo de que un día se le fuera la cabeza e hiciese algo que no tuviera solución. En un arrebato de locura, de esos que a veces tienen las mujeres más buenas y en realidad, más incapaces de dar un puñetazo sobre la mesa, había decidido tener un hijo con aquel idiota sólo para ver si la cosa mejoraba.  

Veinticuatro horas más tarde, cuando llegaron a la vivienda colonial que habitaban a las afueras de la Habana, Paula ni siquiera sabía qué hacer con el pequeño Roque. ¿Dónde ponerlo? ¿Cómo hacer que dejase de llorar? Recién había aprendido a cambiarle el pañal en el hospital y a fuerza de necesidad, pero en aquellas latitudes las cosas se tratan de manera sencilla que sencillamente le habían dado el alta sin explicarle nada más. Al llegar a casa, Santiago fue a emborracharse en el porche y Nala, la mujer que limpiaba y realizaba todas las tareas, recibió al recién nacido con los brazos abiertos y llenos de ilusión. 

Nala era una mujer negra de origen Haitiano, padres Africanos e infancia profundamente pobre. Era también la mujer más sosa y seca que Paula había conocido jamás y se extrañó hasta el infinito al observar el eufórico comportamiento que acababa de presenciar, nada más llegar con el bebé.

Aquella tarde Nala no se separó de Roque. Le cambió los pañales, le entretuvo, y ayudó a su madre a darle el pecho, aunque aún siquiera le había subido la leche. Al cabo de unas horas, justo antes de que Nala se retirase a sus aposentos, Paula no pudo aguantar más la curiosidad y con Roque enganchado en su teta izquierda, único lugar en el mundo en el que parecía estar tranquilo, decidió salir de dudas. 

- Nala, - Dijo Paula con cara de preocupación - siento ser tan directa, pero te estás comportando de una manera muy extraña. Tú sueles ser una persona distante, que ni siquiera me dirige la palabra. Sin embargo, desde que he llegado con el bebé parece que fueras mi hermana. 

- Señora  - contestó con una increíble mirada de susto - no puedo hablar de esto delante del bebé. Si quiere puedo acostarlo en su cuna, y volver a hablar con usted. 

Paula la miró aún más extrañada. ¿Aquella loca no podía hablar delante de un bebé recién nacido? ¿De qué tenía miedo, de que Roque contara sus secretos en la partida de mus de mañana?  Le molestó aquella demanda, pero la verdad era que estaba tan harta de tener a Roque todo el día enchufado al pecho que accedió a la idea de Nala sólo para que le contase lo que tenía en mente. En su mirada había algo que le decía que en el fondo, podía confiar en ella de verdad. 

- Una vez de vuelta, Nala se sentó en el filo del sofá y con cara de preocupación dijo a Paula - Señora, en mi aldea de Haití, donde crecí, nos enseñan el Bebecismo y por lo que veo, no conoce usted de qué trata esta religión. No quiero asustarla, pero le prometo que lo que voy a contarle es una realidad demostrada a lo largo de muchos y muchos años. Todo esto que ahora escuchará viene de la tierra madre, de nuestra África querida, de la que todos somos descendientes. No es algo que me haya inventado yo esta noche. 

- Paula, ya molesta, gritó - Bueno, sea lo que sea, suéltalo de una vez! Me estás poniendo nerviosa!

- Señora, el Bebecismo es una religión traída a nosotros por parte de Papa Marty, un sabio nacido en África en el año 1734. Papa Marty proclamaba que Dios no era un ser todopoderoso que vive en otra dimensión, nada más lejos de la realidad… -hizo una pausa seca, como quién no se atreve a proclamar las siguientes palabras- 

Según sus estudios, basados en descubrimientos realizados en cuevas y grutas halladas en zonas remotas de la tierra Madre, nuestros creadores fueron extraterrestres. Papa clamaba que los creadores habían llegado al planeta tierra en el año 300.000 A.C., preparando todo lo que hoy conocemos como normal, para ser capaces de controlarnos y estudiarnos. Las bacterias, los virus, las plagas, incluso la mala suerte, son todo elementos controlados por ellos. Los animales, que ya estaban en la tierra cuando llegaron fueron ignorados, excepto los gatos, que fueron dotados de un sistema de vigilancia implantado en sus ojos. Por eso los gatos siempre nos están mirando fijamente y alerta de todos nuestros movimientos. 

- Jaj! Rió Paula en voz alta. - Pero, en serio creéis eso en Haití?? Es verdad que los gatos asustan con su mirada, pero de ahí a defender semejante locura…hay un paso importante.

- Señora. Por favor, déjeme acabar. Sea como sea, el Bebecismo no trata sobre los gatos, ellos son sólo un elemento más de control. La base de nuestra religión, son los profetas de aquellos que nos crearon. Son los que les dicen qué hacemos, cómo lo hacemos, y en general, cómo nos comportamos como personas. Son los bebés, los que nos observan y nos vigilan, hasta que cumplen el segundo año de vida, en el que el alma ocupa el cuerpo. 

- Cómo?? Jajajajajajaaj - La risa de Paula resonó por toda la casa sin encontrar amortiguación - ¿me estás diciendo, que mi bebé es un pequeño Jesucristo, y que reporta a una civilización extraterrestre, verdad? 

Nala, completamente seria, le dedicó una mirada torcida y rota. Desde el sofá en el que se encontraban, Paula pudo ver también que desde la esquina de la habitación un gato callejero observaba muy atento la conversación, y su risa se detuvo de repente, sintiendo un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. 

- Señora, no está bien reírse de lo que la gente cree. Y mucho menos con sus ojos puestos en esta habitación, pues ahora ellos ya saben que es usted una mujer cruel. 

Paula se quedó tiesa. Ahora se arrepentía de lo que acababa de pasar. 

- Pero Nala - dijo intentando seguir la conversación como si no hubiera pasado nada - dime cómo funciona todo esto, ¿Cómo pueden los bebés comunicarse con esta civilización que según tú nos creó? ¿Por qué lo hacen? 

- Papa Marty decía que somos un experimento. Sus escrituras dictan que nuestros creadores tuvieron algún tipo de problema en el planeta madre, y que se instalaron pacientemente a observar como sus descendientes, es decir, nosotros, proseguíamos la vida de la especie en éste, rodeados de bestias más fuertes que nosotros, esperando que fuéramos mejores que ellos, y siempre alerta de nuestros movimientos. Los bebés, son pequeños emisores. Sus ruiditos y movimientos captan nuestra atención y mientras los observamos retransmiten al planeta II que según también las viejas escrituras, es invisible, y se encuentra establecido aún si poder ser observado en algún punto entre la tierra y Marte, orbitando a la par que nosotros alrededor del sol. En los textos pone “protegido por una capa invisible” que según se conoce hoy en día debe tratarse de algún tipo de atmósfera con la propiedad de reflejar la luz. 

- Qué locura! - Iba repitiendo Paula en voz baja.

En ese momento, Roque rompió a llorar desde la habitación. Nala se levantó mirando fijamente a Paula y le dijo: 

- Ya hace rato que su bebé no sabe de usted, y en estos primeros días debe reportar cada treinta minutos. Vaya con él señora, mañana seguiremos charlando. Buenas noches. 

Paula se quedó seca por un momento, pensando en sí algo de aquello que acababa de escuchar tenía sentido.  

Cuando llegó a la cama y vio al niño llorando en la cuna lo miro extrañada, el pequeño  estaba desconsolado y dirigía su llanto directamente hacia ella, enseñándole su mejor cara de desolación. 





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